Los Perros Después de Todo
Me tomé un café porque hacÃa frÃo, no porque tuviera ganas de tomar café. Incluso sé que muchos hubiesen recomendado té, pero en mi caso, como me he cansado de repetir, no soy una persona que necesite de factores ajenos para lograr la calma, y por eso fue que no grite ni hice una escena cuando me encontré con que Marcelo se habÃa tragado el perro.
Nunca habÃa pensado en la posibilidad de que mi hermano fuese un vampiro. Supongo que nadie se pregunta esas cosas pero, sin embargo, no puedo evitar sentirme un poco culpable ya que, de habérmelo preguntado, tal vez hubiese podido evitar parte de la tragedia, o al menos el incidente del perro.
Ese dÃa llegaba de la ferreterÃa y lo vi a Marcelo con la cola blanca y peluda de la mascota saliéndole de la boca. ParecÃa una caricatura. Lo miré a los ojos tratando de entender, intentando demostrar desilusión pero demasiado sorprendido como para ignorar la catarata de sensaciones que me llovÃan como granizo impidiendo el alzamiento de la razón.
Le dije lo primero que me vino a la mente.
-Ni siquiera masticaste...
Hubo un silencio y por un momento sentà que era yo el que estaba fuera de lugar con mi ridÃcula observación, entonces, sabiendo que era una estupidez sentirme desubicado junto a un hombre que acababa hacer lo que él acababa de hacer, volvà a hablar con el firme objetivo de imponer mi inteligencia sobre el caos que debÃa ser la mente de Marcelo.
-Bueno –comencé cinematográficamente-, supongo que tendrás tus motivos y me imagino que dentro de tu cabeza tendrán validez, sin embargo, dada la asquerosidad del hecho, considero necesario advertirte... –me quedé pensando- ¿Me estás entendiendo? ¿Necesitas que te hable de una manera más rústica?
No dijo nada y no me sorprendió. TenÃa frente a mà la cara de un loco, de un animal hasta se podrÃa decir.
-Marcelo, creo que te volviste loco y la única que queda es internarte. ¿Qué te parece? ¿Te gusta la idea?
No me respondió, ni se mosqueo, dirÃa mi abuelo español. Tomé la cola del perro que seguÃa colgando de su boca, y tiré hasta que lo que quedaba del pobre animal estuvo fuera. No habÃa mucha sangre, o mejor dicho, no quedaba mucha sangre. Marcelo se la habÃa tomado toda.
Tiré a la basura la desagradable evidencia y limpie un poco ante la mirada de Marcelo que parecÃa un zombi.
Cuando la habitación ya estaba bastante bien aseada y limpia de pelos y sangre, tomé a Marcelo y lo levante en mis brazos como si fuese mi esposa en nuestra primera noche de casados. Lo cargue hasta el auto y arranqué. Minutos más tarde, cuando tiré la bolsa con la basura –evidencias del perricidio- por la ventana, por primera vez volvà a dirigir la mirada hacia mi hermano: estaba muy excitado, mirando a través de los vidrios como maravillado. Me causaba gracia; era asà como querÃa ver a Marcelo, comportándose como un idiota... Pero eso quizá se debÃa a cuestiones personales.
Llevaba quince minutos manejando cuando me detuve casi causando un choque detrás de mÃ. DifÃcil poner atención también en eso. Miré hacia todos lados y después clavé la vista en el volante. Era negro, lleno de milimétricos agujeros cuya utilidad supongo que debÃa existir y decorado con algunas... no se como llamarlas... arrugas, que lo hacÃan menos elegante de lo que los manufactores habrÃan esperado.
Marcelo me miró. No me habló pero demostró desconcierto.
-Lo que pasa –le expliqué- es que me acabo de dar cuenta de que no sé a donde vamos –respiré y olvidé el ruido de las bocinas y los insultos de los demás conductores-. ¿Vos adónde querés ir?
Miró hacia la izquierda por la ventana y lo entendà enseguida.
-No, Marcelo, no seas idiota, no podemos ir a casa porque te comiste al perro y anda a saber que otras cosas.
Volvió a mirar hacia delante y entonces, mientras me mordÃa las uñas, tuve una revelación.
-Ya entiendo lo que pasó –le dije y me miró sorprendido-: te convertiste en el perro. Al comértelo tomaste su personalidad... tiene sentido, ¿No? Bueno, mas o menos, aún resta entender por qué te lo comiste, pero es algo para tener en cuenta.
Mientras los ruidos de la calle me atravesaban la piel de la nuca y salÃan por el otro lado evitando sistemáticamente todo contacto con mis zonas sensitivas o lo que sea que hay en el cerebro que, de haber sido tocado, hubiese logrado que me importara, miré a mi acompañante y tuve una idea de cómo probar mi teorÃa.
-Saluda, Marcelo –le dije alegremente y con voz clara- saluda...
Me miró babeando pero en sus ojos pude percibir una acusación, como diciéndome que el idiota era yo. Me sentà insultado y le puse un cachetazo. Suerte que ya no era Marcelo porque me lo habrÃa devuelto con su puño cerrado. Pero no hizo nada, solo volvió la vista al frente y comenzó a llorar. Fue en ese momento que decid...
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