Relato de Una Vida Confusa No es tan alto, no es tan alto, no es tan alto. La frase ya empezaba a perder el sentido pero Daniel seguía repitiéndola. Sí, era muy alto. Pero tal vez si lograba autoconvencerse no le costaría tanto dar ese maldito paso. Ya había pasado media hora desde que había subido con la excusa de ir a fumarse un cigarrillo, pero todavía no se preocuparían. No era la primera vez que se tomaba su tiempo para relajarse.

Sacó otro cigarrillo, el último del paquete, se lo colocó entre los labios y protegiendo el encendedor del viento logró prenderlo. Trató de recordar cuántos quedaban en el paquete hacía veinte minutos, tal vez ocho o nueve, tal vez más. No podía evitarlo, cada vez que subía a aquella odiosa terraza era como si perdiera el control. Encendía cada maldito cigarrillo con la colilla del anterior.

Daniel volvió a echar un vistazo hacia abajo y como lo suponía: aún era muy alto. Un viento, un simple soplo de viento con la fuerza suficiente y listo. Pero él sabía que no era tan sencillo.

Repasó otra vez sus ideas, adelantó el pie y lo mantuvo en el aire. Lo retiró nuevamente apoyándolo con firmeza contra el suelo para detener el temblor de la pierna. Si iba a tirarse no podía hacerlo así, tendría que saltar de una vez. Vaciló un momento, tomó aire, cerró los ojos y se dejó caer. Sintió el aire contra el rostro y la horrible sensación de perder el aliento en un grito ahogado. Abrió los ojos y descubrió que seguía parado al borde de la terraza, con un cigarrillo a punto de consumirse colgando de la comisura de su labio inferior. Se derrumbó, y arrodillado y confundido se quebró, otra vez.

Cuando bajó con las lágrimas enjuagadas y su mejor máscara puesta, su padre miraba el noticiero en el viejo Noblex veinte pulgadas del living-comedor y su madre aún se encontraba ocupada en la pequeña cocina. No vio a Micaela, debía estar jugando con su amiguita Celeste en el departamento contiguo.

Pasó directo al baño sin llamar la atención de nadie, se lavó la cara y sin siquiera mirarse al espejo se dirigió a su cuarto. Trepó a la cucheta y se recostó ligeramente de costado, con la almohada entre los brazos y los ojos abiertos esperando a que su madre lo llamara para cenar.

Despertó a las seis y media después de una noche si sueños, nunca soñaba, o por lo menos nunca lograba recordarlo, se vistió y tomó un desayuno rápido: algunas galletitas y un alfajor. Prefería no tomar nada, le llevaba mucho tiempo calentar el agua y tenía la sensación de que el café no le afectaba.

Se puso la mochila al hombro y salió. Una vez fuera del edificio descubrió que usar una sola remera no había sido muy buena idea pero ya estaba abajo y no pensaba volver por un poco de frío. En el camino se dio cuenta de que iba en dirección contraria al instituto y sin embargo no cambió el rumbo. Había aprendido a dejar que sus pies lo guíen cuando se sentía como aquella mañana, su mente tenía otras cosas que atender y no tenía intenciones de analizar hacia donde se estaba dirigiendo.

Así avanzó durante bastante tiempo, sin prestar demasiada atención al recorrido. Se sentía guiado de alguna forma, y confundido como estaba, con las ideas de la noche anterior aun perforándole el cerebro, no le parecía tan mal.

De repente volvió a la realidad sacudido por un escalofrío, miró a su alrededor pero no distinguió mucho, se encontraba en medio de una pesada cortina de niebla. No recordaba que hubiese niebla al salir de su casa. Siguió caminando desorientado pero sin perder la calma, hasta que se topó con una escalera. La tenía delante, una larga escalera de aluminio que se perdía entre la niebla. Comenzó el ascenso. No supo cuánto llevaba subiendo ni cuánto le faltaba para llegar adónde sea que esa escalera llevase, hasta que no encontró más que aire al estirar la mano derecha para asir el larguero. Buscó a tientas y descubrió una superficie sólida donde pisar, una superficie fría y rasposa al tacto. Logró subir con un poco de esfuerzo y algunas dificultades para no perder pie, y caminó en línea recta, doblando a izquierda o derecha según le parecía. Sólo podía confiar en su sentido de la orientación, puesto que la niebla le impedía ver mucho más lejos de sus pies. Deambuló un buen rato, sus pasos eran lentos y firmes, mantenía las manos en los bolsillos de los pantalones y la vista siempre fija hacia delante, miraba sin ver.

En cierto momento una idea se cruzó y se impuso fugazmente al resto de sus pensamientos: ¡Deténte!. Daniel se detuvo en seco, confiaba en su instinto más que en cualquier otra cosa en el mundo. Volvió a conectarse con la realidad, y, esta vez, al mirar vio que no había niebla, vio que se encontraba a gran altura sobre una viga de una obra en construcción. A su alrededor sólo aire, hacia abajo sólo vacío, un paso más... la muerte.

No sabía como había llegado hasta allí pero sabía que no era por casualidad. Volvió a armar el cuadro comparativo mental: pros y contras de un suicidio. Comprobó, como siempre, que para sus apenas diecisiete años contaba con una cantidad horrible de motivos para hacerlo. En cambio, sólo encontraba una buena razón para seguir viviendo: sus padres. No podía hacerle eso a sus padres; ellos no soportarían el dolor, se sentirían culpables y no tendrían razón.

Otra vez ese único motivo lo obligaba a conservar su vida, a pesar del dolor. Pero era su sufrimiento y él tendría que soportarlo, no tenía derecho a descargarlo en sus padres. Pero lo que realmente lo atormentaba era saber que no podría aguantar, que tarde o temprano se quebraría.

Giró en redondo y emprendió el camino de vuelta. De repente la niebla cayó de nuevo a su alrededor, y esta vez ya no tenía un guía fantasma en su mente. Frenó y trató de distinguir las vigas pero era inútil. Empezó a desesperarse sin saber qué hacer, entonces su instinto volvió a dispararse en su cerebro. Esta vez el impacto fue tremendo, sintió como si alguien estuviese gritándole por un megáfono dentro de la cabeza: ¡Micaela está en peligro!. Y de pronto pudo ver a su hermanita corriendo detrás de la pelota que acababa de escapársele, vio a la camioneta avanzar a toda velocidad y la sangre cubrir todo el parabrisas.

¡¡Noooo!! Gritó Daniel en medio del silencio, dio media vuelta, se lanzó a toda velocidad desesperado por la vida de su hermana, y se precipitó al vacío.

Esta vez el aire golpeándole el rostro era real, esta vez realmente se quedaba sin aliento en medio de su grito ahogado. Por lo menos ya no tendré que decidir si saltar o no -pensó Daniel.


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