La primera vez que la vi fue como se suele leer en los cuentos de ficción, con la diferencia en que a mí me ocurrió en serio. Me acosté, en casa, como cada una de mis rutinarias noches, y desperté en un vagón de tren en movimiento. Sumado a esa rareza propia de sonámbulos, vi que el vagón no tenía asientos, y que las ventanas estaban tapadas con cortinas negras, de modo que sólo se podía distinguir diferentes grados de oscuridad. Pude, eso sí, ver que resaltaba la silueta de una mujer apoyada a la pared delantera del vagón, a quien, como supuse de antemano, no pude reconocer, en parte por la escasa luz y en parte porque nunca en mi vida había visto una silueta que se acercara de tal modo a la perfección.
Al tiempo que me levantaba, el tren dio una brusca frenada que me lanzó con fuerza hacia adelante y me hizo desvanecer sobre la desconocida dama, cuyo perfume todavía recuerdo. Ella me miró a los ojos, pero en ese momento de los suyos salió una luz tan incandescente que me hizo despertar realmente, envuelto en sábanas de sudor.
Para cuando miré el reloj de la mesa de luz al lado de mi cama, ya había caído en la cuenta de que estaba llegando dos horas tarde a la farmacia en la que trabajaba hacía más de quince años. Tal vez por esa antigüedad no me despidieron, ni me despedirían meses más tarde, cuando el hecho de que Marcos Amurri se quedara dormido comenzó a hacerse más normal que verlo llegar a horario, porque desde aquella noche los sueños fueron haciéndose más y más importantes en mi vida, hasta el punto de que llegó el día en que no hacía sino cansar mi cuerpo y mi mente del modo más brutal en busca de una excusa para un buen y largo descanso en la cama.
No fue sino meses más tarde de aquél sueño del tren que comencé a sospechar que mis sueños son un tanto especiales. Estaba de vacaciones con mis amigos en el camping más barato que habíamos encontrado para pasar unos días lejos del trabajo. Una de las noches, una leve llovizna adornaba el ambiente de historias de terror dentro de la carpa. Pero, muy de a poco, fue convirtiéndose en una de las más fuertes tormentas que he visto caer. Al principio, la lluvia no podía ser más oportuna: su intensidad y la de las historias aumentaban al unísono. Sin embargo, en unos pocos minutos todas las carpas del camping se inundaron de un modo tal que nos vimos obligados a dormir bajo el techo del comedor. Todos en el suelo, compartimos esa gran cama con cientos de desconocidos. Yo, como siempre, me dormí enseguida.
Esto es lo que soñé: me encontraba en un baile de campo en el que no conocía a nadie; y, como pasa en los sueños, no sabía por qué estaba ahí. Muchos bailaban felizmente, pero otros tantos parecían estar tan desorientados como yo. Estábamos apretados, quizá tanto o más de lo que estaba yo en el comedor del camping. De golpe, la música se cortó, y un hombre de campo comenzó a ordenar que todos nos desnudáramos. La gente empezó a quitarse la ropa sin consultar nada y sin objeciones. Yo también lo hice, en parte porque no comprendía qué pasaba y no quería ser el único que no accediera a la orden de aquél hombre, y en parte porque uno hace en los sueños cosas a las que después no les encuentra una razón.
En eso, cuando todos nos encontrábamos desnudos, un trueno me devolvió a la realidad. Lentamente abrí los ojos, vi el techo del comedor, el gran reloj en la pared que indicaba las tres y media de la madrugada, recorrí con la vista todo a mi alrededor. Por último me miré a mí mismo, y fui descubriendo con terror que en la vigilia también estaba completamente desnudo. Todavía hoy me parece sentir la gota de sudor que recorría mi nuca. Me paré de inmediato para vestirme, y vi que de las más de cien personas que dormían en el comedor, había tres que también dormían sin ropa. “Ellos también estaban en el baile”, pensé, jactándome de mi ocurrencia.
Sólo tuvieron que pasar unos pocos sueños más para confirmar que mi ocurrencia no era sólo un pensamiento jocoso de aquél momento sino la más pura verdad: existe un grupo de personas que tenemos un don maravilloso, el de encontrarnos en los sueños. En realidad, es un sueño constante común a todos los que tenemos el don, en el que los soñadores entramos a ese “mundo de los sueños” cuando nos dormimos y salimos al despertarnos.
Es por eso que tanto en el sueño del baile como en casi todos los sueños que tengo, no conozco a las personas con las que me encuentro: son gente ajena a mi círculo íntimo que posee el mismo don que yo. Algo que no comprendo debe haber, porque hay personas con las que me encuentro con más frecuencia que otras. Una es María, y ella es el centro de esta historia.
María es alguien que conozco sólo en mis sueños. Y pasa que, cuando me encuentro con ella en el sueño, me despierto más tarde de lo que debo, siempre con algunas horas de retraso. Resulta que cuando el despertador me extrae de ese momento, no hago más que apagarlo para sentir aunque sea un rato más la delicia de su compañía. Tanto me compenetré con ella, tanto me gusta estar a su lado, que terminé por convencerme de que me gusta más soñar que vivir.
No recuerdo que precisión la primera vez que hablamos, lo que sí se es que fue ese mismo día cuando quedé locamente enamorado, y que me costó tiempo y un dulce esfuerzo poder besarla con la misma pasión con la que la amo. Desde entonces dormir es encontrarme con la mujer que quiero, tenerla, vivir en un mundo perfecto; tanto es así que los hechos que pasan en mis sueños llegaron a interesarme más que los que vivo despierto, y con frecuencia los confundo. Hasta alcancé a pensar que la vida es en realidad la que vivimos en el sueño, y la vigilia simplemente una suerte de pesadilla.
Fue gracias a mi compañero de trabajo Luis Bueno que confirmé que yo sueño lo mismo y al mismo tiempo que muchos otros. Él es uno de los pocos que yo conocía antes de encontrarlo en el sueño. Fue así como lo encontré: un perro callejero me perseguía a todas partes; comenzó en el bar donde me encontraba, me siguió arriba del colectivo, caminó detrás de mí hasta mi edificio, subió conmigo el ascensor, entró a mi departamento. Sin dejar de seguirme fielmente, el perro caminaba a la par mío, y se detenía cuando yo lo hacía. Ya en mi casa y con el perro dentro, vi a Luis Bueno en la cocina. No me sorprendió, porque en los sueños pasan esas cosas que no se entienden, y por ahí aparece un compañero de trabajo en la cocina y para uno es de lo más normal. Le consulté si no debería darle de comer al perro para que dejara de perseguirme.
—Y yo te contesté que se te había terminado la comida para perros. — Me dijo a la mañana siguiente en el trabajo, cuando al verlo cedí a la tentación de contarle que había soñado con él. — Yo también estaba en el sueño, y ahí me enteré de que sos uno de los nuestros. Bienvenido.
Fue una confirmación maravillosa para mí. Aproveché la oportunidad para pedirle miles de detalles y particularidades de aquél mundo. Me los contó con entusiasmo, como feliz de saber que me volvería a encontrar en el sueño. Entre otras cosas me comentó que a la semana siguiente partiría hacia España para conocer en la vigilia a amigos españoles que sólo conocía en el sueño.
De todos modos, entre esos detalles yo buscaba algo más de lo que me dijo, porque al despertarme de aquel sueño había pasado algo increíble: junto a mi cama se encontraba durmiendo el perro que me había estado persiguiendo en el sueño. No fui capaz de revelarle ese hecho a Luis Bueno, porque ninguna de las particularidades que me había comentado era comparable a la de poder traer a este mundo a un ser que uno soñó, y me pareció que me iba a tomar por loco.
Con su viaje a España, Luis Bueno dejó delante de mis ojos la justificación que me hacía falta para volver a tener ganas de estar despierto: encontrar realmente a María. Si todos los que nos encontramos en el sueño somos personas que dormimos al mismo tiempo, María debería estar en algún lugar del mundo esperando mi llegada para vivir en mi compañía. Me conmovió la remota posibilidad de haber estado alguna vez sólo a metros de ella, sin entender de que me hallaba cerca de la mujer más maravillosa del mundo, y quizá al tiempo que ella se alejaba, también lo hacían mis chances de conocerla.
Emprendí una búsqueda exhaustiva de su ser, revolví todos los registros que pude encontrar, pregunté por ella en casi cualquier lado, insistí en el tema con todas mis fuerzas. Igual, tuvieron que pasar unas largas semanas de búsqueda para que me diera cuenta de que simplemente debía preguntarle a ella en el sueño. Me dispuse a hacerlo, pero desde que se me ocurrió esa idea, dejé de verla. Me iba a dormir y, como siempre, entraba en el sueño pero ella no aparecía, como si se estuviera escondiendo. Yo me despertaba llorando, sin ganas de vivir. Lo único bueno de esos días de desencuentro era que no me quedaba dormido, y podía llegar a horario a la farmacia.
—Tal vez María ahora vive en otra parte del mundo, y por las diferencias horarias ella duerme cuando yo estoy trabajando. — Me decía a mí mismo para darme ánimo.
Así que empecé a dormir de a ratos, a cualquier hora, sólo con el afán de dar con ella en algún sueño. No lo conseguía, y mi desesperación aumentaba. Pasaron miles de sueños, hasta que en uno bendito la encontré. Me volvió el alma al cuerpo, ella estaba tan preciosa, tan amable y tan alegre como había estado siempre antes del desencuentro. Todo volvió a ser magnífico, y tanta era mi dicha que hasta tuve suerte en haberla encontrado en un sueño de noche, de modo que no hacía falta andar durmiendo en el trabajo. Eso si: cuando le pregunté cómo debía hacer para encontrarla en la vigilia, me suplicó que no le preguntara eso, que dejáramos todo así. Me dijo que no podía responder a mi pregunta, y lo hizo con la misma determinación con la que se negó, a pesar de mis súplicas, a darme explicaciones. De manera que me vi obligado a continuar mi búsqueda por cuenta propia, de la mano de la inútil tecnología, conformándome con tenerla parcialmente. Fue horrible imaginar que nunca podré sentir cómo aumenta el ritmo de los latidos de su corazón, sabiendo que nadie acelera el mío tanto como ella. Naturalmente, volvieron mis inevitables y saludables retrasos al trabajo.
Al principio estaba tan desenfrenado con haberla vuelto a ver, que no me detuve a pensar por qué María no quería que la encontrara en la vigilia. Cuando las cosas se fueron normalizando, empecé a partirme la cabeza con interrogaciones, hasta que, al confesarle mis inconvenientes a Luis Bueno, obtuve su aterradora respuesta.
— Cuidado, las personas que ves en tus sueños no son todos soñadores con nuestro don. También hay personas que viven únicamente en aquel mundo. — Sentenció. — Esas personas sólo viven en los momentos en que alguien los sueña. Si no hay nadie que los perciba, pierden su existencia, y la recuperan cuando alguno de nosotros los vuelve a soñar.
Con una lágrima rodándome por la cara comprendí que el de María es ese caso. Ella no existe en este mundo, y es por eso que mi búsqueda es interminable. Estoy enamorado de un ser irreal, de una mujer que sólo es alguien si yo la sueño, una mujer a quien bien o mal le doy vida. Y así y todo dejo tantas cosas a cambio de su amor… ¿Por qué justo yo? ¿Por qué habiendo tantas almas respetables en este mundo vengo a enamorarme de alguien que no está en él? ¿Por qué la mujer más hermosa de este mundo no tiene ni siquiera un aire que refleje la sonrisa angelical de María? ¿Por qué la tengo tan cerca de mi corazón y tan lejos de mi cuerpo?
Entendí por qué nunca quiere que yo me despierte: María vive gracias a mí y cuando yo duermo ella lucha por su existencia, de modo que junto a mis horas de sueño se extiende su vida. Lo logra haciéndome sentir notablemente cómodo, planteándome situaciones tan cotidianas que se confunden con la realidad. Y probablemente no me ame, sino que finge amarme para alargar mi sueño. Igual, yo me aseguro a mí mismo de que sí me ama, tanto como yo a ella, pero que no puede hacer nada más que lo que hace.
Esa seguridad se basa en que María terminó por confesarme la revelación que Luis Bueno me había anticipado. Me explicó que no me respondió la pregunta de cómo hacer para encontrarla en la vigilia para no matarme de una puñalada al corazón. Su confesión hizo florecer más confianza y más cariño entre nosotros, y nuestras almas se unieron con tanta pasión que creemos que los sueños fueron hechos por Dios para nosotros dos, porque sinceramente aquel mundo, y con ella dentro, es un paraíso. Me hizo ver que es ella la mujer que estaba aquella primera vez en el sueño del tren, dueña de esos ojos que me habían despertado por la luz que despedían. No me importa estar amando a una creación de mi mente, no me importa saber que no es de carne y hueso, no me importa sentirme tan raro y tan estúpido por amar a un verdadero amor imposible, porque María es para mí tan real, tan única, tan perfectamente humana que no la cambiaría por ningún tipo de falso amor en este falso mundo real.
Pero por sobre todas las cosas, tengo fe en que pase lo que ya pasó otras veces: así como soñé que me desnudaba y me desperté desnudo, así como el perro callejero que me perseguía apareció al lado de mi cama; puede pasar que una vez aparezca María, y hacerla pasar del mundo de los sueños a éste, y por fin tenerla conmigo para todas nuestras vidas. Pero más quisiera que, en cambio de aparecer a un lado de la cama, aparezca dentro de ella, abrazándome, sintiéndome, durmiendo como un ángel sobre mi hombro.
Es una posibilidad irracional, lo sé, pero es también la esperanza que justifica mi necesidad de seguir viviendo.