Matar a Olivia Anteayer desperté con una sensación de frustración agobiante. Logré sobrellevarla estoicamente hasta el mediodía, pero luego empezó a molestarme y decidí erradicarla de una vez y a cualquier precio. Supe que la mejor manera de deshacerme de ella era protagonizar un acto eufórico, una bajeza, una infamia vulgar que conmoviera la rutina perniciosa de mi vida y me librara de la tristeza que entonces encadenaba mi alma.

Una escena lujuriosa con mi jefe fue la primera ocurrencia que acudió a mi cabeza. Me imaginé atravesando su oficina con caderas cadenciosas y mirada sensual. Me figuré empujándolo bruscamente para hacerlo caer sobre la alfombra. Me visualicé arrojándome sobre él con ímpetu libidinoso. Tal vez él alcanzara a balbucir: -“¿Señorita, qué está haciendo?”- antes que yo le rellenara las fauces con mi corpiño enrollado y le arrancara la corbata, arañándole la cabeza y ronroneándole al oído. Pero el vívido recuerdo de su aliento a ensalada de cebollas que revienta en mis narices cada vez que me dicta una carta, y el brillo espantoso que refleja su calvicie desde que se unta ese brebaje grasiento contra la caída del cabello, me hicieron desterrar esta opción redondamente y reservarla, quizás, para más adelante cuando me toque en suerte ser empleada de algún señor que se asemeje más a un adonis que a un cuasimodo.

La segunda idea me asaltó en la pizzería de Córdoba y Godoy Cruz, mientras engullía con fruición una porción de “doble jamón- doble muzzarella”. Me dirigiría discretamente a la cajera y, apuntándola con mi paraguas escondido bajo el sobretodo, le diría que estaba siendo blanco de un asalto y que, con disimulo metiera el dinero de la caja registradora en una bolsa y me la entregara si quería salvar el pellejo. Desistí de inmediato al observar que la susodicha tenía musculatura de luchadora de sumo; además, no había tenido la precaución de traer paraguas ni sobretodo. Así fui descartando una por una las iniquidades que se presentaban ante mi conciencia, algunas por exóticas o impracticables, otras por ridículas o inofensivas.

Hasta que, durante el insomnio que me afiebró anoche, surgió la moción insólita, arriesgada y maravillosa del asesinato. Al instante, desfilaron frente a mis ojos, como caricaturas virtuales y desteñidas, los rostros de los posibles occisos. Desde la vecina, siempre barriendo la vereda con su escoba de paja, hasta la amante de mi ex novio y el malhumorado diariero de la esquina. Mas no tenía que elegir a mi vecina sólo por ser la primera que se me ocurría. Obvié a la segunda porque yo sería la sospechosa número uno y quedaría expuesta ante la policía. Y al tercero lo descarté porque es manco, y una cosa es cometer un crimen y otra muy diferente es aprovecharse de un minusválido. Cada persona factible de ser asesinada fue sometida a un exhaustivo análisis. Confeccioné un precario catálogo y especifiqué, de puño y letra, caso por caso los pro y los contra de cada elección. Después de arduas horas de laborioso cálculo, con ojeras azulinas y los sesos casi devanados, tomé la irrevocable decisión de asesinar a Olivia. Decisión inconcebible si se sopesa que no es amiga ni enemiga, que no guardo para ella más sentimiento que la indiferencia y que no le reservo envidia, celos ni rencor alguno.

Es una mujer amable y educada, de aspecto frágil pero saludable, que nunca me dio motivos para desear matarla. Justamente eso: que nunca me diera motivos, fue lo que me movilizó a seleccionarla para tal cuestión. Recordé haberla encontrado esa mañana, cerca de la panadería. Situación en que ella me saludó con cordialidad y vocalizando un simpático –“Buen día”- que me hizo aseverar, luego de rememorarla, que un ser tan despreciable y civilizado merece morir; y, al fin, me felicité por haberla escogido con tan buen tino. A partir de ese mismo instante, me dediqué a planear el homicidio para que resultara impecable. No existen dudas acerca de que el envenenamiento es el método más aristocrático e infalible, pero a mi costado populoso le repugna bastante y plantea una complicación de importancia: administrar el veneno. Ya que mi vínculo con Olivia, por somero y casi inexistente, no me atribuía la confianza de proponerle un brindis con una copa de cicuta. La electrocución es efectiva, pero ¿cómo llegar a su bañera para dejar caer un cable pelado, como al descuido, entre sus pies cubiertos de burbujas? Las armas blancas me provocan un trastorno por la identificación fálica que les doy desde que leí unos libros de psicoanálisis, en mis épocas de estudiante. Me pareció en exceso sangriento y sucio el recurso de un disparo a corta distancia. Y de lejos, no sé podría acertar a un elefante con una bocha, nunca tuve buena puntería. Arremeter contra ella, en una esquina, para empujarla bajo las ruedas de un camión y marcharme silbando bajo, era por demás melodramático e inconveniente, amén de asquerosamente hipócrita. En cambio, estrangularla me resultó lo más práctico y viable apenas se me cruzó por la cabeza. Ya que esto cumplía con los requisitos implícitos y esenciales para mi propósito. A saber: discreción (podía esperarla en algún zaguán oscuro o seguirla hasta dar con el lugar apropiado, para que nadie nos viera, y con el apretón en el cuello no podría gritar para alertar testigos o socorristas inoportunos) y limpieza (como mucho podría escupir, pero de ninguna manera me salpicaría, y, al evitar las armas, me aseguraba de no dejar huellas que pudieran incriminarme). En definitiva, ningún método más higiénico, seguro y silencioso, si se lleva a cabo con los recaudos necesarios.

Cuando decidí quién y cómo sería mi víctima, comencé a escribir esto. Escribí de corrido, sin leer lo que iba escribiendo. Sólo me detuve unos veinticinco minutos, para darme mi habitual ducha nocturna de la diez, y retomé la escritura, envuelta en una bata, después de recalentar el café y vaciar el cenicero. Ahora, a punto de concluir esta página, observo a través de la ventana y me maravillo de que la luna pueda apreciarse tan grande y luminosa. Me siento en paz conmigo misma. La pena y la depresión que me embargaban anteayer, se fueron disipando entre las cavilaciones, sin que me diera cuenta. Sé que no voy a asesinar a nadie y que soy incapaz de cometer un ínfimo acto de violencia. Olivia puede sentirse, sin siquiera saberlo ni jamás haberlo sospechado, a salvo de mis reprimidos instintos homicidas y salvajes. Lo escrito, escrito está. Y eso me alcanza.

En lo que a mí respecta, Olivia ha muerto esta noche, estrangulada concienzudamente, en la penumbra del callejón mojado de luna, entre las manos de la abajo firmante.