A dos cuadras de su nuevo departamento descubrió un viejo hospital, le llamó la atención y decidió entrar. Una vez allí le sonó el celular, era la chica que le organizaba el viaje. En unas semanas partía a Indonesia. Ya soñaba con estar allí. Sin que nadie lo supiera, estaba dejando el pasaje de vuelta abierto, sin fecha. Simplemente había decidido que tomaría la decisión de volver cuando le viniese en gana. Un plan que, dados los prejuicios sociales, parecía tan arriesgado como asaltar un banco o asesinar al vecino. El trabajo que se fuera al corno.
Rubén tenía la impresión de que el viaje le cambiaría la forma de pensar, aunque sabía que aquello era más bien una prejuiciosa y vaga hipótesis: nadie cambia su forma de pensar, y menos a los treinta y tantos años que tenía.
Por fuera el hospital era amarillo y el verde de los jardines lo hacía verse muy bien, pero por dentro era otra cosa, por dentro la oscuridad tornaba el ambiente turbio y el olor a medicina y a sudor lo hacía vicioso.
Había mucha gente caminando por los pasillos. Se topó con un guardia que estaba sentado en su pequeño escritorio.
− ¿Señor? –inquirió el guardia poniéndose de pie y colocando sus manos en su cintura como si fuera de la guardia suiza.
− Vengo a ver si le dieron el alta a mi suegra, estaba en reposo –le dijo Rubén sorprendiéndose a él mismo con semejante invento.
− Pregunte allí, tercera puerta a la derecha –dijo el guardia señalando con el dedo y esbozó una sonrisa muy amena, como si estuviera orgulloso del valor de su trabajo.
De ese lado del hospital ya la gente corría en vez de caminar. Era una locura, pasaban camillas, caras más serias y las paredes estaban más gastadas. En la tercera puerta a la derecha que le había indicado el guardia, se abría una enorme sala llena de escritorios y papeles. Todo el mundo parecía muy ocupado. Rubén se dio media vuelta, observó que el guardia estaba distraído y siguió su camino. Deambuló por los pasillos asomándose a cada sala abierta, por alguna razón sentía una curiosidad nueva por aquellos seres hospitalarios, por ese mundo aparte.
Entró en un buffet y pidió café. Alrededor suyo la gente apenas murmuraba, el silencio lo reconfortó y tomó algunas notas mentales: ¿qué es lo que hacen todos estos médicos acá? ¿Qué es lo que hacen todos estos pacientes? Claro que muchas personas que han sufrido algún accidente necesitan que un médico les calme el dolor pero ¿cuánta gente hay acá que sólo pierde su tiempo?
Entonces a Rubén le surgió su ‘idea’: perder el tiempo. ¿Qué puede ser mejor que perder el tiempo? ¿Qué hay de peor en la vida que el tiempo? ¿Por qué no perderlo entonces, por qué no dejarlo ir? Por eso necesitaba ese viaje a Indonesia, para escapar de todo, huir como una gacela de las garras sociales.
Caminaba ya por otro pasillo y vio una camilla vacía contra una pared. Miró a ambos costados y vio que nadie lo observaba, entonces de un salto se subió y se quedó acostado así sin más. Una emoción extraña le invadía el estómago, el avenir de algo bueno se desarrollaba en las capas de lo irreconocible. Estuvo mucho tiempo ahí tirado hasta que el murmullo del hospital, de la gente caminando, del hedor profundo, hicieron que entrara en un letargo. En su sueño dormía para siempre y soñaba que no dejaba de dormir ni de soñar, una especie de tranquilidad de otra vida. Una vida ingenua, poco peligrosa, todo inventado, de inocentes males e insulsas experiencias.
Una enfermera lo despertó. Lo miraba desde la popa de la camilla con las cejas entornadas y la cara desfigurada exageradamente.
− Me tienen que llevar a mi habitación –dijo Rubén a la enfermera figurando una repentina turbación, a lo que la enfermera respondió:
− ¿Quién lo tiene que llevar a su habitación?
− Me estaba llevando un doctor, lo llamaron por una emergencia y me dijo que le pidiera a alguien que me llevara. Luego me quedé dormido –la cara de la enfermera se trastocó en amabilidad, cogió la camilla y comenzó a llevarlo. Rubén notó que en su delantal decía Norma.
− ¿Cuál es tu habitación, querido? –le preguntó.
Rubén dudo un instante y luego le explicó que no lo recordaba.
− Sé que era por allá –agregó señalando con el dedo.
A medida que avanzaban comenzaron a sucederse las habitaciones. Supo que se trataba de las habitaciones de los internos del hospital por los números correlativos en las puertas. Algunas estaban abiertas y disimuladamente les echaba un ojo. Atravesaron una habitación y Rubén atinó a comprobar que había dos camas y que una de ellas estaba vacía.
− Ah, creo que era esa –le dijo dubitativo.
La enfermera retrocedió y Rubén confirmó la inventada suposición:
− Sí, la ciento veinticuatro –agregó al ver el número en la puerta.
La enfermera ingresó con camilla y todo y lo ayudó a pasarse a la cama vacía. Al hacerlo, apenas le rozó el hombro con su seno y Rubén sintió que estaba muy cerca del paraíso. Luego la enfermera le sonrió y se fue llevándose la camilla. En la otra cama, más cercana a la puerta, había un anciano que, si no estaba muerto, al menos tocaba el arpa en sus sueños. Desde su cama Rubén veía el cielo a través de una ventana que consideró muy simpática para ser de hospital. Se volvió a quedar dormido.
Al despertar se percató de que ya había atardecido, el cielo ya no estaba tan celeste como antes sino que se había teñido de tonalidades rosas y naranjas. Se levantó rápidamente para irse, pero algo lo detuvo. Un pensamiento que le recordó su idea: son las seis, se hizo tarde… ¿tarde para qué? Se volvió a acostar, a su lado el viejo seguía medio muerto. Por el pasillo ya casi no circulaba gente y el silencio se mezclaba con los ruidos de la calle. Se levantó nuevamente y se acercó al viejo para observarlo de cerca –este tipo se la pasa soñando –se dijo Rubén muy entusiasmado. Al pie de las camas había una placa de metal con una planilla. La del viejo decía, además de muchos términos técnicos que Rubén desconocía: Bronquitis aguda. Vio que debajo había planillas en blanco para que completaran los médicos, tomó una y la colocó en la placa de metal que había al pie de su cama. Recordó que a su tío lo habían internado por problemas respiratorios, tomó la birome que colgaba de la placa metálica y anotó: neumonía.
Completo sus datos y anotó el nombre del mismo médico que tenía el viejo: Dr. Uraña. En la fecha de ingreso puso la actual. Luego se hecho a dormir.
A las siete de la mañana, en su recorrido habitual, el Dr. Uraña entró al cuarto. Rubén entreabrió los ojos y se hizo el dormido. El doctor tomó la planilla del viejo, la miró y meditó un rato. Luego lo despertó, le hizo un par de preguntas y lo auscultó.
−Está mucho mejor, Don Matas ¿Durmió bien?
El viejo asentía contento de la mañana.
− ¿Todavía no le vio las piernas a Clara? –preguntó el médico –No sabe como se vino hoy, es como si cada día un costurero diabólico le recortara un poco el delantal. Guarda con el escote también eh, no quiero que pase lo de la otra vez.
El viejo reía muy suavemente, como si la risa le produjera dolor. El doctor miró para la cama de Rubén y entornó las cejas. Se acercó pensativo, tomó la planilla al pie de la cama y leyó. Luego miró por la ventana, dejó la planilla y se marchó. Rubén había seguido toda la escena con los ojos semicerrados, por suerte no lo había despertado.
Al mediodía entró una enfermera con un carrito en donde traía el almuerzo. Estaba tan bien que Rubén se despertó, esta vez del todo.
−Ah, tiene un nuevo compañero Don Matas –dijo Clara.
−Es un impostor –dijo el viejo haciendo un esfuerzo por hablar.
− ¿Cómo?
−No –interrumpió Rubén para solucionar el meandro –lo dice porque ayer le dije que era Rubén Blades, el cantante, y hoy a la mañana el Dr. me llamó Rubén Rigo, mi verdadero nombre.
−Ah –dijo ella sonriente.
Colocó las bandejas sobre los pacientes y luego la comida. Mientras ella trabajaba, Rubén se ahorcaba lentamente mirando el génesis de las mesetas que quedaban ocultas por el velo blanco y los duros gemelos que iban y venían por la habitación. Imaginaba al viejo durmiendo, la puerta cerrada, llevarla hasta la ventana, subirle el delantal, a un lado la bombacha, y mostrarle lo que tenía además de la Neumonía.
A sorpresa de Rubén, la comida había sido bastante buena y entonces decidió quedarse; atenerse a su ‘idea’. Azarosamente había caído en una buena habitación, Don Matas no necesitaba mucha atención de los médicos por lo cual no se aparecían muy seguído. Pero la tos del viejo por momentos le resultaba intolerable y entonces salía a dar paseos y a hablar con otros pacientes. A veces le llamaba la atención alguna enfermera diciendo:
−Señor, ¿Qué hace levantado? ¿Quién le dio permiso?
Entonces se volvía a la habitación. De a poco comenzó a sentir que su idea, como su vida, no era del todo feliz. Sentía ganas de irse, de volver a trabajar, de hacer algún deporte, de visitar a sus amigos. Pero la inercia estaba haciendo lo suyo, al final siempre se acostaba y dormía y se sumía en sueños interminables. Sueños de hospital en los cuales no atinaba a precisar si eran reales o fantásticos. Por ejemplo, cierta vez entró en una habitación a dónde dormía una viejita muy pequeña envuelta en un camisón rozado con sus senos caídos y la sábana cubriéndola hasta la panza. A un lado de su cama vio unas pastillas de diferentes colores y un vaso de agua. Las agarró, las examinó y las llevo a la boca. Así, todo el día sucedieron cosas extrañas y Rubén se cuestionaba si estaba soñando y, más que ello, se preguntaba: ¿desde cuándo?
En el pasillo conversó con un médico joven que se reía, al parecer, de su idea:
−Igual en algún momento se van a dar cuenta y te van a rajar a la mierda, no me mires así, yo no voy a decir nada, pero tarde o temprano se van a avivar. Y te digo más, que no te sorprenda si te viene a buscar la policía.
Rubén se alejó tambaleando por los pasillos, llegó a su habitación y se fue al baño, se arrodillo, espero un rato y vomito dos, tres, cuatro veces.
−Mañana me voy a mi casa –le dijo a Don Matas esa noche.
A la mañana siguiente Rubén estaba roto, no sabía que era lo que le pasaba, pero sentía su cuerpo desfallecer. Habían pasado ya unas semanas. A cada rato iba al baño, sentía náuseas, debilidad y dolores en todo el cuerpo. A la tarde vino el Dr. Uraña.
−Hoy vamos a operarlo –le dijo –pero sin anestesia. Su cuerpo está muy débil y su ‘idea’ le ha carcomido la mayor parte del cerebro. Una anestesia podría matarlo.
− ¿De que me habla Doctor? Aquí hay un error. Yo estoy perfecto, no adolezco de ninguna enfermedad, me voy a ir a mi casa.
Rubén trató de levantarse pero no pudo. No tenía fuerza, sus piernas no respondían. Haciendo un gran esfuerzo corrió la sábana y buscó sus piernas, no las encontraba. Se palpó el pantalón corto que llevaba y comprobó que terminaban arriba de las rodillas.
− ¡¿Qué es esto?! –comenzó a gritar desesperado − ¡¿Qué me han hecho?!
El médico llamó a una enfermera y juntos lo controlaron, después vomitó y finalmente se desmayó.
A Rubén lo llevaron al quirófano al día siguiente, mientras estaba dormido. Cuando pudo abrir los ojos comprobó, por las ventanas de los pasillos, que afuera aún era de noche. El hospital estaba en silencio, los ruidos de la camilla que empujaban por el pasillo eran demasiado sonoros. Trató de dar pelea pero una enfermera sola podía con él, no tenía fuerza. Entonces gritó, gritó con toda su fuerza, pero de su boca casi no salía ningún sonido, sintió entonces que algo le faltaba, se llevó la mano a la boca: no tenía lengua. No había salida, sin hablar no podía ni convencerlos, todo estaba perdido, se largó a llorar.
−El señor Palas va a pagar muy bien por sus órganos –dijo el Doctor Uraña.
Rubén se desmayó y nunca más despertó. Para bien o para mal había triunfado su ‘idea’, una monomanía tan fuerte que se desarrolló más allá de su voluntad.