Era ya muy tarde y la luna asomaba por la ventana. El negro cielo realzaba sus formas y las miríadas de estrellas llevaban horas ya de presencia en el firmamento. Pero dentro de algunas casas, persistía la monótona manía de algunos hombres de no conciliar nunca el sueño. Nadie podría decir que Alonso no lo había intentado, de hecho miles (bueno, varias), veces en la misma noche. Pero todo parecía indicar que el sueño no lo alcanzaría en su lecho. Había dado vueltas y vueltas, cambiado de posición muchas veces, arropado diez veces su almohada, pero no, parecía que no estaba destinado a dormir esa noche.
No se atrevió a consultar el reloj, temía que fuese demasiado tarde, y debía levantarse muy temprano, a las siete, como siempre. Además, para hacerlo, debía encender las luces y éstas se encontraban fuera de su alcance y lo último que deseaba era tener que levantarse para llegar a ellas.
Y lo volvió a intentar, una y otra vez.
Afuera creyó oír el ruido de un pájaro, y se preocupó. Pensó que los desafiantes rayos diurnos del sol estaban próximos, y lanzó un pensamiento lleno de fastidio, a nada ni a nadie en particular.
Abrió sus ojos y los dirigió a la ventana. Para su serenidad, observó la luna dibujada en ella y se tranquilizó, las estrellas lo ayudaron. Aún era de noche y no debía levantarse como un rayo sin haber pegado un ojo.
¡Ese maldito pájaro!, pensó. Tal vez se había extraviado de alguna bandada y se encontraba perdido, ¿pero eso a él que le importaba?, sólo quería dormir.
Y continuó intentándolo.
El ladrido de un perro, resonaba a lo lejos, algún que otro auto que podía oírse pasar, algunas voces lejanas, apagadas, como susurros, todo llegaba a sus cansados oídos.
Por un momento, creyó experimentar atisbos de sueño, pero pronto se esfumaron como vapor, y con ellos sus esperanzas.
Era, para su pesar, absolutamente consciente del paso de las horas, aunque no podría precisar con exactitud cuantas de ellas habían desfilado en vano. La noche sólo tomaría sentido cuando se durmiese, mientras tanto, todo el tiempo transcurrido sólo contribuiría a acortar su ya corta paciencia.
Y lo intentó, una y otra vez, pero era inútil. Fingía no saberlo, pero se conocía muy bien, sabía que pronto se daría por vencido, se levantaría de la cama y permanecería de pie, dando vueltas sin sentido, perdiendo el tiempo, esperando por un sueño que nunca llegaría.
Lamentablemente para él, no era de mirar televisión, él no. En ese sentido era muy especial.
Lo peor del caso es que se encontraba terriblemente cansado, pero eso no era motivo suficiente para dormir. En su caso el cansancio y el sueño no iban de la mano, ni eran correlativos. Se maldijo por ser como era.
Nuevamente abrió los ojos y volvió a mirar a la ventana que daba a su jardín, desde allí, recostado en la cama, sólo podía ver la luna, enorme y llena en el cielo, y algunas macetas vacías que descansaban hacia el otro lado de la ventana.
Las cortinas estaban completamente corridas ya que estaba en verano y el calor era agudo. Y aunque la temperatura lo justificaba, no se atrevía a tener abierta la ventana también. Siempre fue muy cuidadoso, o si se quiere, temeroso. El pequeño ventilador de pie que tenía junto a su cama, le resultaba bastante útil y con eso sólo le bastaba. Debía agradecérselo a su hermana que se lo había obsequiado, creyendo que a él no le alcanzaría para comprarlo. Y si bien era cierto que andaba corto de dinero, ella siempre lo había considerado más paria de lo que era en realidad. Por otra parte, él nunca hizo nada por revertir esa creencia, no mientras gracias a eso siguiera recibiendo ventiladores.
Le dirigió un vistazo al aparato también. Si ella deseaba compensarlo, no se opondría, de hecho, realmente jamás se atrevió a oponérsele. Ni siquiera cuando eran niños y estaban regidos por la férrea mano paterna. ¿Férrea?, cruel mejor dicho. Siempre su padre, y en menor medida su madre, le habían parecido crueles. No le faltaban motivos para creerlo. Su hermana había gozado de todos los gustos que a él le negaron. Habían sido muy injustos con él. También lo habían sido sus amigos, y novias, que nunca lo tomaron en serio. Pero eso era parte del pasado. Ya se había construido su propia vida, miserable quizás, pero suya, e intentaba estar construida en base al olvido de esas mala experiencias. Pero claro, como todo, tenía sus grietas.
- “¿Tú te quedas aquí, me oyes?, vamos a llevar a tu hermana al parque -había oído decir a sus padres muchas veces- Tú acuéstate y duérmete, y no mires al sol por la ventana, sino no podrás hacerlo. ¡Vamos, ve, duérmete ya”. Y recordó más cosas, muchas más, que menos aún lo ayudaron a conciliar el sueño esa noche.
Finalmente, harto ya de la posición horizontal en vano conservada, decidió levantarse. Salió de la cama, apagó el pequeño ventilador (para ahorrar un poco de electricidad), y se dirigió al baño. Allí se miró al espejo. Aquél le devolvió una imagen lamentable. Los ojos, rojos, parecían los de un muerto, circundados por un negro intenso, y suspendidos en unas ojeras que daban la impresión de llegar al suelo. Lanzó una irreproducible maldición y se sentó en el inodoro, con las manos en la cara. Permaneció así algunos minutos.
Sintió nuevamente la tentación de consultar la hora, pero otra vez se negó; aún era de noche pero faltaba seguramente muy poco para que amaneciera, y una vez sucedido esto, el tiempo que tendría para vestirse, desayunar (si es que lo hacía) e irse a trabajar, sería ínfimo.
Se encaminó a la cocina, atravesando el pequeño patio central que conectaba todas las habitaciones. Desde allí no podía ver el jardín, sino lo hubiese hecho sólo para percatarse de que la luna todavía permanecía allí, firme en su lugar, aunque ya comenzaba a creer que quizás lo mejor sería que aparezca el sol de una vez por todas e irse a trabajar aunque sea dormido, y acabar de una vez con esa maldita noche.
Entró en la cocina y se dirigió directamente al refrigerador. Tomó de allí un cartón de leche, cuando de pronto algo llamó su atención.
Oyó un ruido, afuera, en el jardín. No pudo evitar mirar hacia allí de inmediato. Era un ruido simple, común y corriente, como el que producen las hojas al ser arrastradas por el viento. Un ruido como ese no tendría por que haberlo alarmado, excepto por dos motivos: porque estaba en verano y creía que no debía haber un viento suficiente como para provocar aquel sonido y porque, peor aún, en verdad aquel sonido no era en nada común.
No había sonado como el arrastrar de hojas común y corriente, más bien parecía el que provoca alguien al pisarlas. Provino de su jardín y se asustó de pensar que alguien podría estar allí. ¿Quién invadiría su propiedad, y para qué? Bueno, era evidente que para robarle, y eso lo asustó aún más. Y entonces volvió a escucharlo. Lo que más le había llamado la atención era que ahora había escuchado dos o tres veces el mismo ruido, no una, lo que le llevó a descreer de su teoría del viento y lo acercó a lo que le parecieron pasos, más de uno, aplastando las hojas y la hierba de su jardín. En definitiva, por más que quisiera negarlo, había sonado como pasos, no como el viento. Lo único que podía asegurar era que el ruido provino de allí, de su propiedad, que ya casi con certeza, la creyó invadida. Ni por un segundo creyó que aquel ruido podía ser producto de su cansancio.
Pero finalmente decidió olvidarlo, sin darle mayor importancia. Cerró el refrigerador, que aún permanecía abierto, y se sentó cuidadosamente a la mesa. Apoyó en ella el cartón de leche y se sirvió en un vaso. Bebió y se volvió a servir. Apoyó el vaso lleno en la mesa y clavó la mirada fijamente en nada.
Había en la cocina una puerta que daba directamente a la parte trasera del jardín. En su mayor parte no era de madera, sino de vidrio, por lo que corriendo un poco la cortina que la cubría podría haber visto hacia fuera y enfrentar lo que lo intrigaba. Pero no lo hizo. Miró hacia el jardín, con una expresión que mezclaba un poco de intriga, temor, cansancio y fastidio.
Apoyó la cabeza en la mesa, para volver a intentar conciliar el sueño, procurándose una almohada con los brazos. Y de pronto, algo lo sobresaltó otra vez y lo obligó a incorporarse y mantenerse alerta. Era aquel ruido nuevamente. Ahora no podría ignorarlo.
Ya no podría desentenderse del asunto. Esta vez era muy evidente que no había sido el viento. Aquel familiar, pero en ese momento estremecedor sonido, había sido producto de pasos. Alguien estaba caminando sigilosamente por su jardín, haciendo crujir la vegetación a su paso, intentando no delatarse. Se asustó, pero ahora no dudaba, sabía que alguien estaba invadiendo su hogar y decidió averiguar quién era. Se dirigió a la puerta que daba al jardín. Se paró frente a ella, se dio valor y corrió rápidamente las cortinas, interponiendo sólo un delgado vidrio entre él y su desconocido invasor.
Lo que vio era indudablemente lo que esperaba. Un hombre joven, de no más de veinticinco años caminaba cautelosamente sobre el pasto. Aquel no lo había visto asomarse. Era simplemente un ratero común. Pensó en llamar a la policía, antes de que tratase de ingresar a la casa, pero luego recordó que en un cajón, que nunca había abierto, descansaba un arma, pequeña, pero que bastaría. Corrió la cortina y dudó. No estaba seguro de lo que debía hacer. Pero pronto, sus dubitaciones fueron interrumpidas abruptamente por otro ruido, mucho más violento. Asustado, volvió a correr la cortina y miró otra vez hacia fuera. Lo que ahora vio sí era increíble, de ningún modo podría esperarlo. Aquella visión no sólo lo sorprendió sino que lo aterró. Sin dudas logró mucho más esto último. Al volver a mirar, observó otra vez al joven ratero en el jardín, pero ahora estaba siendo golpeado por alguien. Había allí una figura de espaldas a la que no podía verle el rostro. Vio como el joven ratero dejaba caer un arma sobre el pasto mientras la sangre era regada sobre ella. El intruso estaba siendo masacrado por otro hombre. Le estaba propinando una atroz paliza. Lo golpeaba con una pala, con su pala, la que siempre conservaba en el jardín, dándole con el borde metálico y filoso en la cabeza.
Pronto, en el rostro del intruso, al cual podía ver de frente, aparecieron las sangrantes heridas que acarrean la muerte. Pero no podía ver el rostro del agresor. Sólo lograba ver de él la violencia, el salvajismo, la crueldad con que lo golpeaba; con la brutal voracidad con que lo destrozaba, con que apaleaba el inerte cuerpo completamente rojo que aún se aferraba a la vida. Toda la furia acumulada a lo largo de la vida de ese hombre parecía estar siendo descargada en ese momento, en su jardín, frente a él. Luego, tan súbitamente como comenzó a golpearlo, dejó de hacerlo. El asesino estaba muy agitado. Arrojó la pala ensangrentada sobre el pasto, aún de espaldas al aterrorizado testigo. Y Alonso notó algo en la ropa de éste que llamó su atención.
Por primera vez, notó que la ropa del agresor era asombrosamente parecida a la suya, estremecedoramente parecida.
Vestía el mismo pijama blanco, solo que horrendamente bañado de rojo; los mismos botones pardos, las mismas delicadas rayas azules...
Y entonces, lentamente, el asesino se volteó hacia él. Dejó de darle la espalda a su mudo observador y le dio la cara. Sus rostros se encontraron, de frente. Y eran exactamente iguales, descontando la sangre que a uno de ellos lo cubría, y los diferenciaba. Se miraron. El del jardín miró al otro con expresión salvaje, y le sonrió. Y el de adentro... el insomne observador, horrorizado, se llevó una mano a la boca sin poder moverse, y cuando finalmente pudo hacerlo se alejó del ensangrentado vidrio y casi cae de bruces al suelo. No podía dar crédito a lo que sus agotados ojos veían. Ese hombre de afuera, creyó, ese asesino, era demasiado parecido a él. Se aterrorizó, era indescriptible el espanto que sentía. El miedo controlaba todos sus actos.
Se echó a correr abandonando desesperado la cocina, cruzó corriendo el patio y se internó en su dormitorio. Corrió las cortinas de la ventana que daba al jardín, sin mirar hacia allí. Se sentó temblando en la cama. Tomó el teléfono para llamar a la policía, pero algo indescriptible lo detuvo. Una extraño presentimiento le dijo que era mejor no hacerlo, además ¿qué podría decir?, ¿cómo podría explicar lo que allí había sucedido, si ni él mismo le encontraba sentido? Cerró todas las puertas y ventanas de la casa y se encerró en su dormitorio. Estaba confuso y asustado. Buscó desesperado el revolver del nunca abierto cajón, pero comprobó que no tenía balas. De todas formas se lo quedó, con él se sentía más seguro, y se acostó en la cama, abrazándolo, temiendo que el asesino pudiera ingresar en la casa, y en su dormitorio, aunque creía que era imposible, ya que todo estaba perfectamente cerrado. Y aferrándose a ese pensamiento, fue calmándose, hasta que finalmente, se durmió.
A la mañana siguiente, despertó para ir a trabajar, poseyendo lo que antes no había conseguido: el sueño. Nunca éste había sido tan inoportuno, y profundo. Se marchó sin desayunar y sin atreverse a observar al jardín. De todas formas, se marchó sabiendo que ya no había nadie. Cuando regresase de la oficina, obviamente no se asombraría al no encontrar el cuerpo destrozado del ratero, sería lo que esperaba. Ese hecho sería sólo la confirmación de que todo había sido producto de una macabra alucinación, producida por una noche de insomnio que era preferible olvidar.
Pero esto no le sería fácil hacerlo.
En la oficina, como de costumbre, parecía un autómata. Actuaba mecánicamente, hasta el descanso, cuando se reunía con sus compañeros para almorzar.
Fue justamente en el almuerzo cuando pensó que tal vez no sería tan malo comentar con alguien lo que había vivido la noche anterior. Dudó si debía hacerlo o no. Se decidió al ver como dos de sus compañeros reían a carcajadas de algo que a una compañera le causaba temor. Reían de su temor. Pensó que todos se burlarían de él peor aún que de ella, ya que con frecuencia tomaban sus ideas y decisiones en broma. No podía considerarlos amigos. Definitivamente no lo eran, tal vez compañeros de trabajo, nada más. No dijo nada y se mantuvo apartado de la conversación. Comió en silencio, solo, con la cabeza gacha, y fue el primero, como siempre, en presentarse frente al encargado al oír sus alaridos.
Pasó las horas obedeciendo y sin poder apartar de su mente aquel confuso episodio de la última noche.
Regresó a su casa cerca de las siete. Lo hizo en taxi, debido a que en tres días cobraría y se permitió gastar a cuenta. Entró a la casa. Se sentía extraño, como si no fuese él quien lo hiciera. Cerró bien las puertas. Tenía miedo.
Cayó la noche, y una vez más se dispuso a dormir. Pero lo interrumpió el teléfono. Atendió. Era su hermana. Sólo quería darle algunas ordenes de cómo debía actuar en su vida privada. El por supuesto, las acataría. Colgó el tubo. Ahora sabía que ella nunca más le prestaría dinero. Habían discutido fuertemente, en una de esas típicas discusiones que cortan relaciones por mucho tiempo, o para siempre. Sabía que así sería, pero no se preocupó.
Se metió en la cama, creyendo que ésa si sería una noche normal. Jamás podría saber que aquella noche sería un calco de la anterior. No podía saberlo.
Entonces aproximadamente a la misma hora que la anterior, se levantó de la cama y se dirigió al baño. Estaba cansado, como la otra noche. Su rostro estaba tan demacrado como la otra noche. Todo era igual, sólo que esta noche tenía sueño, deseaba desesperadamente dormir. Pero sobre todo, a diferencia de la otra noche, tenía miedo. Lo atemorizaba ahora la oscuridad, la luna asomada amenazadoramente en su ventana, su doble, aquél macabro gemelo que actuaba por él, ¿cómo él?
Luego de observar su jardín algunas veces a través del vidrio de su ventana junto a la cama, decidió correr las cortinas, así se apartaría de lo que sucediera afuera, de lo que temía que sucedería afuera.
Se atrevió a ir a la cocina, pero no a asomarse por el vidrio de la puerta. Se sentó nerviosamente en una silla al borde de la mesa y esperó. Se tomó la cabeza con las manos, en un gesto que denotaba desesperación.
Estaba realmente en ese estado, casi rompe en llanto, y quizás lo hubiese hecho a no ser por el ruido que escuchó. Era exactamente igual al de la noche anterior, era exactamente el mismo. Eran los mismos exactos pasos crujiendo las hojas en la noche de su jardín. Dudó en si debía volver a asomarse o no. Estaba desesperado y asustado. El ya de por sí era una persona proclive a dejarse dominar por esos sentimientos, pero ahora indudablemente tenía un motivo. Decidió asomarse, una vez, tan solo una vez. Se dio valor y corrió las cortinas. Y lo que vio, sí, lo que vio, fue exactamente la misma escena de la noche anterior, como en un sueño, como en una pesadilla.
Una vez más contempló con horror la sangre, la mortal golpiza, el enajenado rostro observándolo con malevolencia. Y se desmayó.
Había pasado toda la noche desmayado en el piso de la cocina.
Pero luego vendría una tercera noche igual a las anteriores...
Y al amanecer de esa tercera noche, camino a la oficina, volvió a dormirse en el ómnibus. Si se hubiese visto dormir, se hubiese despertado enloquecido, temeroso de llegar un minuto tarde a la oficina. Claro de que él no era consciente de que dormía. De todos modos, tuvo suerte, el inexplicable reloj interno que proporciona la rutina hizo sonar su alarma y que despertara justo cuando debía. Se alivió al notarlo. El sueño había sido, una vez más, muy inoportuno, pero había logrado superarlo.
Entró en la oficina. No tardaron en hacerle notar la mala cara con la que cargaba. Respondió con un gesto inexpresivo, y se justificó diciendo que hacía unos días que no dormía bien. Y se sentía peor de lo que lucía.
Al sentarse en su pequeño escritorio, puso en marcha el piloto automático... la rutina.
A la hora del almuerzo decidió acercarse al compañero más cercano a lo que podría considerarse un amigo. Estaba muy preocupado por lo que presenció en las dos últimas noches y estaba harto de callarlo, quería decirlo. Eran ya tres noches, no sólo una, ahora si era realmente preocupante. A riesgo de ser blanco fácil de las burlas de sus compañeros, particularmente de las de Rei, a quien se aferraba ahora, se lo dijo.
Y aquél, como era de suponer, no lo tomó en serio. Debido a su insistencia, Rei rió.
- ¡No puedes tomar eso en serio!- le dijo. ¿Cómo que no?, pensó Alonso, ya que nunca se atrevería a decírselo. Su respuesta le provocó desazón y furia, pero se contuvo.
- ¿De verdad crees que no debería darle mayor importancia, Rei? – le dijo. Rei lo miró extrañamente, sus ojos negros parecían estar burlándose de él, deseó que no fuera así.
- Pero por supuesto – le dijo - ¡Son fantasías tuyas!, ¿qué importancia se le puede dar a eso, eh? – y se echó a reír deliberadamente mientras miraba a los demás que los observaban sin comprender nada. Le puso una mano en el hombro, le sonrió, y le dijo:
- Olvídate, ¡son todas pavadas! – Y se levantó de la mesa donde momentos antes habían terminado de almorzar y se unió al resto. Apenas los alcanzó, comenzaron a hablar y a gesticular, parecía decirles todo lo que ingenuamente Alonso le había confiado, y todos parecían reírse de él. Parecían reírse de su pesar. Comprobó, una vez más, que no podía confiar en ninguno de ellos.
Se levantó de la mesa, ignorándolos, y se dirigió a su escritorio. Camino a él, aún podía escuchar las risas de sus compañeros. Acomodó sus papeles, se sentó y miró hacia una de las enormes ventanas que daban a la calle. Quería irse.
Esa tarde, viajando rumbo a su casa, se durmió, una vez más. Llegó a su casa, aún con sueño, y se apresuró en ir a la cama para aprovechar su soporífero estado. Aunque era temprano, se acostó dispuesto a dormir, ¡y que sorpresa se hubiese llevado al notar que de hecho lo había conseguido!
Y así se mantuvo durante unas cuantas horas, sumido en un profundo sueño. Hasta que de pronto, sin motivo aparente, se despertó justo cuando debió haberse dormido en un día normal.
Se mantuvo sentado en la cama, ya completamente despabilado, maldiciendo a más no poder. En ello estuvo un buen rato, hasta que se hartó y se levantó de la cama.
Estaba ahora muy cambiado a las anteriores noches. Se sentía mejor, más seguro de sí mismo. No temía. Estaba dispuesto a enfrentar lo que fuera, incluso a la imagen horrenda que se le repetía cada noche.
Y entonces, por eso, corrió las cortinas y abrió las ventanas de su dormitorio, y se asomó apoyándose en ella, mirando inquisitivamente su jardín, provocando al ratero y a su doble a que se hicieran presentes. Pero nada. No sucedía nada. Todavía no era el momento.
Se dirigió a la cocina, esta vez sin reparar en la mesa ni en el refrigerador. Fijó directamente su rumbo hacia la puerta que daba al jardín. Corrió las cortinas y miró a través del vidrio. Y nada. No había absolutamente nadie allí afuera. Era lo que esperaba. Sabía perfectamente que hasta que no escuchara el hechizante crujir de las hojas, no habría nada que ver allí. Y esperó con los ojos fijos en la negra noche.
Esa noche tenía un plan. Era muy simple, aunque arriesgado. Un plan que lo haría quedar frente a frente con aquel impostor de su misma apariencia.
Se quedaría esperando aquel ruido, y cuando lo oyera, cruzaría velozmente la puerta quedando obviamente frente al joven delincuente, y allí (si esta situación fuese realmente más allá de su comprensión, y fuese más que una simple imagen proyectada por su agotada mente) lo golpearía, con un solo golpe certero, rápido, eficaz, para dejarlo inconsciente, incapaz de devolverle el golpe. No le gustaba la idea, pero estaba obligado a hacerlo, ya que aquel se encontraba armado. Lo haría para preservar su vida. Entonces, una vez el ratero fuera de combate, esperaría a su doble y hablaría con él seriamente, muy seriamente. Había muchas cosas que deseaba saber, cosas a las que no le encontraba explicación y necesitaban de una, a fin de no volver a su protagonista completamente loco, si es que aún no lo estaba. Se preguntó si ya lo estaría. Creyó que no, pero ¿quién podría asegurárselo?
Entonces salió rápidamente al jardín a buscar la pala, era lo único con que contaba para defenderse, luego de comprobar que el arma que guardaba en un olvidado cajón no tenía balas. Era la primera vez que lo hacía en una semana; pisar su propio jardín, su césped, y hacer crujir las hojas bajo sus pies.
Luego, en la cocina, sentado en una pequeña banqueta frente a la puerta, atenta su mirada en el jardín, esperó y esperó por aquel cotidiano horror de cada noche al que ya se había acostumbrado, pero al que no se resignaba a no encontrarle explicación. Y estaba a punto de dormirse sentado, cuando lo oyó. Se sobresaltó, frotó sus ojos, abandonó violentamente la banqueta y se movió torpemente. Estaba nervioso y asustado, pero decidido. Abrió la puerta que daba al jardín de par en par. Y la cruzó.
Allí estaba. Allí estaba quien debía estar. El joven ratero al verlo se sobresaltó, evidentemente no lo esperaba. Intentó sacar su arma, pero tardó demasiado.
El golpe de una pala en la cabeza lo arrojó al suelo, junto a su arma, dónde cayó inconsciente. Había sido derribado de un solo golpe, uno solo había bastado, como Alonso lo quería. Se sorprendió por eso. En sus visiones había visto como el agresor, su doble, había necesitado de varios golpes para derribarlo. Creyó, no sin cierto orgullo, que tal vez él era más fuerte que su doble. Pensó que como casi nunca golpeaba (de hecho, le resultaba imposible recordar alguna reacción violenta de su parte, esa había sido su primera vez) cuando lo hacía quizás llevaba en sus ataques una potencia reprimida adicional, que convertía a sus golpes en doblemente efectivos.
Entonces se que quedó allí afuera, en cuclillas, con la pala en la mano, junto al cuerpo tendido, tembloroso, esperando por el otro visitante nocturno.
Esperaba oír primero aquel segundo y más fuerte ruido que precedía la llegada de su doble y luego ansiaba tenerlo frente a sí, por fin en igualdad de condiciones.
Y esperó por varios minutos. Luego los minutos se convirtieron en horas. Horas, pasó horas esperando. Esperando a alguien que parecía que nunca llegaría. Pero ya nada le importaba, era algo que debía hacer, impostergable. Sabía que en esas condiciones no podría volver a presentarse a trabajar, y no lo haría. Tendría que dormir ahora todo el día para poder mantenerse en pie más o menos dignamente, pero el sacrificio valía la pena. Esperó y esperó y continuó esperando. Y llegó un momento en que comprendió, con una sensación de certeza que lo incomodaba, que aquel a quién aguardaba nunca llegaría, y un escalofrío, mayor que todos los que había sentido en esas últimas noches le recorrió la espalda, ya que creyó saber el por qué de esa ausencia.
Cerró la puerta que, ahora, lo comunicaba a la cocina, y se sentó en el verde y mal cortado césped de su jardín, aún junto al cuerpo del ratero. Pese a que su cuerpo le rogaba por entrar en la casa y echarse a la cama, montaría guardia un rato más. El ratero permaneció tirado, inconsciente durante mucho tiempo, quizás demasiado tiempo. Alonso comenzó a mirarlo preocupado. ¿Se le habría ido la mano con el golpe? Pero de pronto, cuando ya casi se había convencido de eso, tuvo una respuesta. El joven comenzó a moverse y a intentar incorporarse, sin notar a la otra presencia a su lado. Entonces, temeroso ante esta inesperada eventualidad, Alonso, el agresor, volvió a agredirlo. Tomó la pala que sólo un momento antes por fin se había atrevido a soltar y lo golpeó nuevamente. Esta vez le costó menos hacerlo. El joven cayó al suelo pesadamente pero intentó volver a erguirse. Y volvió a golpearlo. Entonces quedó tendido en el suelo, pero muy consciente. Miró a su agresor, y éste le devolvió la mirada. Pudo ver en los ojos del caído una expresión de odio, de odio y maldad hacia él. Y supo que en esos negros ojos estaba reflejado el contenido de su alma. Primero se asombró al ver el espeluznante cambio de rostro, luego se asustó al reconocer la nueva forma que había adoptado, porque fue allí cuando vio el rostro de su hermana en el cuerpo que yacía frente a él. Pero finalmente, llegó a regocijarse al pensar que tenía a su hermana a su merced. Y tomó la pala una vez más con intención de usarla. El cuerpo intentó incorporarse nuevamente. Y cuando lo hizo, era evidente que su rostro no era ya el de una mujer, era ahora el rostro de un hombre; un hombre mayor, casi anciano.
No tardó en reconocer en él las facciones de su padre. Era su rostro indudablemente, y se incorporaba frente a él. Lo observaba y le sonreía. Eso lo convenció. Un golpe no fue suficiente.
La punta metálica de la pala fracturó el rostro de su padre, haciéndolo caer violentamente al suelo. Aún en esas circunstancias parecía mirarlo con los mismos malignos ojos que cuando era niño. Era algo muy estremecedor, pero mucho más motivador. Y volvió a golpearlo a la cara, una y otra vez. Lo golpeó salvajemente. Su pijama blanco se convirtió paulatinamente en rojo. Y la pala continuó azotando. El verde césped también se tornó rojo. Pero al agresor nada de eso parecía importarle. Estaba ciego, ciego de furia y locura y golpeaba sin cesar. Golpeaba a su padre, a su madre, a su hermana, a su ex mujer, a Rei, y a otros, a los muchos otros rostros que el devastado cuerpo iba asumiendo. Parecía un loco.
Y aquel cuerpo que alguna vez había sido un joven, un joven que sólo había cometido el error de internarse en la casa equivocada, en el momento equivocado, aquel compendio de dolor, de furia, aquel chivo expiatorio estaba siendo literalmente masacrado y su cuerpo convertido en tristes jirones de carne.
Y el agresor, como tan repentinamente había comenzado a golpearlo, de pronto dejó de hacerlo. Estaba agotado. Soltó la pala, dejándola caer junto a la pira roja que se elevaba tan solo un poco del suelo, ya sin vida. Por un momento, continuó mirando a ésta sin una expresión ni un sentimiento definido. Estaba agitado. Cuando por fin pudo eludir el imán que atraía su mirada hacia aquel cuerpo, solo tuvo fuerzas para preguntarse: ¿qué he hecho?, pero no para encontrar una respuesta.
Dio media vuelta, dispuesto a ingresar a su casa confundido, sin ya saber que más hacer, resignado a no poder encontrar a su doble, dudando sobre lo que haría con esa montaña roja que había sido un cuerpo humano. Pero cuando observó la puerta que lo conducía a la cocina, tras ella, vio algo. Vio a alguien. Del otro lado de la puerta, tras el vidrio, dentro de la casa, vio a alguien en la cocina, mirándolo.
Estaba de pie, limpio, con su pijama completamente blanco, impecable. Tenía una mano apoyada en el vidrio y la otra cubriendo su boca, desmesuradamente abierta. Y lo miraba desde adentro de la cocina, asombrado, pero sobre todo horrorizado.
Y entonces el de afuera reconoció su rostro. Y le sonrió con malicia.