“Toma el arco, tensa la cuerda” me dijo cuando el viento sur dejó de soplar. Suavemente me pidió que entrecierre los ojos para focalizar mejor al espectro luminoso. El tiro a realizar lo tenía perfeccionado. Había practicado durante meses, y qué digo meses, durante sueños inclusive. Esto sea porque el arte de mi maestro no daba lugar al residuo.
Todos los soles que salieron por cuantas mañanas, siempre era encomendarme al mismo Dios. El maestro controlaba mi rezo, no tanto qué rezaba sino que mis palmas estuvieran bien juntas. Tomaba una de mis manos y decía mi cuerpo, tomaba la otra y decía el universo. Pronto pidió que su presencia no me intimide, entonces me enseñó a contar las hojas de los árboles. Qué importaba si eran dos mil o mil dos, me pasaba que al ponerme a contar hojas interrogaba al tiempo. Superaba los rollos de la física una vez corrido el tedio. Porque hay un momento en que no contás, sino que te sentís contado, y hay otro momento en que ya no hay constancia sino algo así como sustancia, tanto como cuando de chico el número de cabras conjura al sueño.
Al mediodía con tanta fatiga y sudor le rogaba por comer puesto que anhelaba descansar. Comprobé que la ardua faena hizo de mi estómago un mecanismo de defensa, no más un aparato digestivo. Además, dentro del cansancio, la soberbia en su pulso mermaba. Y en los días de lluvia, errante ante el diluvio, mojándome para enfermar, a mi impotencia la nombré llanto. Sé que una vez el maestro vino del fondo de la casa, tomó mi cara y dijo que valía una palma, la de mi mano, para la otra, la del universo, señaló la lluvia. Luego se dio vuelta, se metió bajo techo, y la lluvia, que caía para que crezca el mundo, guardó silencio.
Tengo al ave preciada a dos o tres pasos míos. Y dos o tres pasos que ella haga antes de echarse a volar es el tiempo que tengo para darle muerte. Dos o tres pequeños pasos del ave significan tantas noches y tantos días de esperas míos.
Tomé la flecha, como una extensión de mi brazo. Cazarla era el lazo que me unía, pero no digo con el pájaro sino con mi maestro. La cuerda llegó a su máxima tensión. Justo antes del disparo y en medio del espiro, dijo: “Escucha, este es el momento que divide todo tu pasado de todo tu futuro. Este momento es el único valedero para enseñarte algo”. Su entonación resultó mágica porque si este era el momento, entonces no había más lugar para el pájaro.
Bajé el arco desilusionado, di cuenta del artificio. Era el único cazado cuando el pájaro mi jaula. Evidentemente, el maestro puso sus redes en mí aunque las flechas vayan allá.
Lo miré con suma tristeza y le dije: “He perdido dos años de mi vida creyendo en mi despertar, más veo que solo me he dormido mientras tu arrullos”. “Bueno –respondió- te has dado cuenta que no hay nada en el mundo más importante que el momento. Por lo visto, ya no hay nada que enseñarte, de modo que adiós.”
Desapareció dejándome solo pero libre en el medio del bosque. Levanté la vista, el pájaro todavía estaba ahí, mirando. Aún esperaba el tiro de gracia que lo mate definitivamente.