A veces ocurre que el mundo nos rebalsa de caos. Creemos que todo es tan lógico y ordenado, todo según la razón y la causalidad. Y se me ocurre pensar en los moldes con los que mi mamá hacía las masitas. Estiraba la masa sin hornear sobre la mesada, y así los iba colocando sobre ella. Los había de círculo, de corazón, de rombo... Apoyaba el molde sobre la tira y como la forma era filosa, la masa quedaba dividida marcándose las deliciosas y decorativas futuras galletitas. Siempre iban quedando restos de masa entre galleta y galleta. Pedazos sin forma que luego, dedicadamente mamá juntaba y volvía a amasar para que quede unida una nueva masa. Y así sucesivamente, el resto era cada vez menor.
Algo similar encuentro que ocurre con nuestra cotidianeidad. Vivimos sucesos de todo tipo. Algunos son lógicos y esperables de por sí. A esos solo les hace falta introducir en el molde: llamarlos “rombo” o “corazón”. No traen grandes problemas. Sin embargo hay otros... Cómo explicarlo... Esos que se resisten al rótulo. Que nadie espera. Que son fantásticos, por llamarlos de algún modo. Es decir, por darles alguna formita. Qué fácil que es la vida mientras nos da cosas para etiquetar y poner en su lugar.
Si le dijera que encontré a una persona, una mujer, una chica que está donde yo voy, la encuentro hasta en los lugares más insólitos. Si le contara que ya no sé qué pensar de ella. Está siempre allí sin hablarme. A veces me mira como de pasada, y otras ni eso. Pero allí está. Hace sus cosas. Lleva su vida, tan cerca y a la vez tan distante de la mía.
Si tan solo le pudiera explicar lo que se siente... tan lejana y tan conocida ya. No recuerdo cuándo fue el momento en que la vi por primera vez. Nada en ella podría llamarme la atención. Una chica común y corriente. Pero allí está.
Esos sucesos quedan tan amorfos siempre... Las explicaciones lógicas no bastan ni se acercan. ¿Cómo se le ocurre que le pueda yo preguntar? No señor. ¿Qué le diría usted acaso? Ah, ¿vio que no es tan simple? No puede uno ir por la vida preguntando a desconocidos por qué están en ese lugar que para ellos -seguro- es algo que naturalmente no nos incumbe.
Claro. A uno no le interesa. Salvo que bueno, es algo incómodo. Y la muchacha es real, de lo más real. Ninguna fantasía, no, no. A veces fantaseo e invento es cierto, pero esto es diferente. La más real de las realidades. Tanto como que a la mañana me levanto, me lavo los dientes y tomo mates. Todo. Lo que pasa es que ya ve, la realidad es algo de lo más raro. A veces inquietante. Y allí es cuando todo adquiere esa tonalidad dudosa. Es como cuando uno repite muchas veces una misma palabra. ¿Vio lo que ocurre? ¿Nunca lo intentó? Verá: al principio nada cambia. Por ejemplo: “limón”. Limón, li-món, li-món, li-món, li-món... Hay que hacerlo un tiempito (unos minutos o menos, nada más). Va a notar que se va pasando por distintas etapas. Encontrará que ya no refiere a una fruta amarilla y ácida sino a una lima gigante que de tan gigante va a dejar de imaginarla y pasará a –por ejemplo - acentuar la “i”... Sonará como “límon” o algo parecido. Así la idea va mutando –no siempre es igual, se lo aseguro- hasta que de la palabra ya no queda nada. Solo unas migajas grandes, húmedas, pegajosas, de la original. Pero nada que nos recuerde al sabor ácido ni al vivo amarillo verdoso... Nada. Un mundo nuevo y diferente se abre en la monotonía de la repetición. Una abstracción gigante que nos sumerge en otra realidad. La realidad del limón que no existe, que nunca estuvo. Que nos hartamos de rememorar hasta la nada. Algo absolutamente conocido se vuelve dudoso. Haga la prueba. Inmediatamente luego de terminar el ejercicio, intente llamarle al limón por su nombre. Verá (tal vez, digo, porque solo es una posibilidad, la mía) que ya el nombre deja de tener sentido. ¡Y qué raro suena que el limón se llame así! Esa masa pegajosa no puede denotar al fresco del limón, que nada tiene que ver con la lima gigante ni con el jabón ni con... Bueno, después de un rato (no muy largo, claro) otra vez el limón nos suena a limón y no hay allí nada que discutir, y el resto es como un delirio al cual no se nos permite abandonarnos más. Y hasta se nos puede ocurrir con risa y un dejo de rabia “¿Cómo pude intentar dudar de la integridad del limón?” Y cosas así...
Pero volviendo el tema, la chica está por todas partes. O mejor dicho, solo en algunos de los lugares a los que yo voy. Casualidad, dirá. A veces en la calle. Otras cruzando en bicicleta por delante de mí. ¿Del barrio? Si, no crea que no lo había pensado. Si fuera del barrio todo se explicaría tan fácil. Una galletita fácil de moldear. Pero ya sé que a usted le encanta agarrar el sobrante de masa y pasarlo bajo el palote.... No sé si será del barrio. Sería la misma probabilidad que lo sea o que no. Porque nada sé de ella. Y ya no me sorprende encontrarla cerca de donde trabajo o haciendo un trámite en el inusual para mí barrio de Palermo. Claro que sí, en lugares diversos e inusuales... Sino ya sería una masita hecha y derecha y estaría en el platito de las masitas hechas y derechas y no aquí, en este bollo que no se deja amasar.
Sé que es demasiado complicado aceptar el bollo amorfo... Lo sé y me cuesta a mí también. Me ha pasado de atragantarme con una de esas masas crudas y sin terminar, que se filtran a veces en el plato de las que ya están listas. Cuando eso ocurre hay que bajarla con un vaso grande de realidad bien cocinada que nos haga olvidar del mal trago. Pero ocurre que a veces... A veces quiero, necesito probar una de esas. Porque llegan así frente a mí y bueno... A quién no le llama la atención. Así que ahora le tengo que creer que nunca se le ocurrió probar un trozo de masa cruda. No señor. No le creo. Bueno, la cuestión, igualmente es que a mi sí me place de vez en cuando. No. Ya no tengo por qué negarlo. Me niego a negarlo. No voy a desmentir mis verdades porque sino todo esto sería una total pérdida de tiempo.
Y de repente ahora mientras le cuento esto, me acuerdo de ella, de la chica. Déjeme recordar... Sí, es un poco mayor que yo pero no demasiado. Pero ¿qué importancia tiene eso ahora? ¿Quiere sugerir que veo una especie de doble o algo así? No señor, para nada. Bien diferente a mí, es. Además ya le dije, ella es real. ¡Tan real! Como usted, que interacciona conmigo ahora, ella interacciona con el mundo al igual que usted y yo.
A veces me da un poco de miedo y ganas de amasarla de una vez. Ponerle nombre a esto, sea gran casualidad, o hasta persecución. Cualquier cosa antes que esta incertidumbre que pica y pesa. Pero bueno. Después me doy cuenta de que es algo que jamás lograré. Además prefiero convivir con eso. ¿Por qué pregunta? Porque es un indicio de que lo que yo pienso es real. ¿Cómo qué es lo que pienso? Todo esto, lo que le estoy diciendo... Que hay un más allá. Pero no un más allá en el cielo, ni nada de eso... No un más allá sobrenatural en el sentido de algo oculto o algo parecido... No. Un más allá que está más acá. Acá mismo. En mis palabras, en las suyas, en todo esto que miramos a la vez y creemos, convencidos que existe y que es una misma cosa. El mundo, las personas, los objetos, los afectos... Cada uno con su nombre, con su significado. Pero eso que se escapa. Eso es a lo que me refiero. Y a veces disfruto de quedarme frente a la realidad estallada en mil pedazos, hecha trizas. Viendo los mil colores desconocidos que se desprenden de la explosión. Por un lado con sorpresa y por el otro con ese convencimiento... Ese que siempre tengo de que esa otra cosa existe. Las mil verdades armándose y desarmándose delante de nuestras narices. Creando formas insólitas y diversas. Galletas crudas, grandes y envolventes, pequeñas e insignificantes. Considero que no siempre se está preparado para aceptar ese tipo de galletitas.
Así como te lo cuento. Se aparece la muy desgraciada en todas partes. Me sigue. Claro, estoy segura. Ricardo lo niega. Sí, se lo pregunté. No una, varias veces pero me trata de loca. ¿Y cómo no voy a estar segura? ¿Cómo lo explicarías vos sino? Si... Hasta el otro día en Palermo... Tenía turno con el ginecólogo. La vi cuando me bajé del taxi. Casi llegaba a la puerta del médico, faltaban unos metros. ¡Me quería morir! Me dio tanta rabia que me volví para casa. Si claro, entre paréntesis, me dieron turno otra vez recién para dentro de dos semanas y todo por esa turra... ¡No! Qué me va a hablar si apenas me mira. En el subte por ejemplo, yo la noto pero trato de esquivarla. Pero a veces es más fuerte que yo. ¿No te digo que apenas me mira? No le voy a dar el gusto. Ricardo... Nada... Me dice que son delirios míos. Además que él siempre es el santo. Nunca va a reconocer que me engaña ni aunque le saque una foto. Una pendeja... Va será unos años menor, qué se yo. Y claro, si ya es grande para mí. Y, me lleva como nueve, si, nueve años me lleva. Siempre el mismo, ahora más chicas se las busca... No sé adónde piensa llegar con esto. ¿Qué pobrecita? ¡Bastante turra la pendeja! ¿Me vas a decir que no sabe que es casado? Yo esa no me la creo... Una siempre sabe... No pero eso es diferente... Bueno, vos siempre igual, al final más que una amiga resultás ser una enemiga, no te puedo contar nada... Bueno, ok, después hablamos. Ok, besitos... No, no me enojo. Dale, después te llamo, Besos, cuidate, si. Igualmente.
No, no podría... Además ya le expliqué que no hay nada por averiguar. Solo hay que aceptarlo y disfrutarlo de esta forma. Son las excepciones de la vida. Las cosas que huyen de la regla que no existe, que se hace trizas cada vez... Eso, nomás. No creo ni que se lo pregunte... Si, a veces me ve, claro, pero no se si ella se da cuenta o me nota conocida, no creo... Yo porque para las caras tengo bastante memoria ¿vio?
Al final, desde aquella vez que le conté, nunca más la vi. Si, parece mentira... Debe ser otra galletita inmadura... Tenía que pasarlo a la palabra para que se esfume, qué se le va a hacer. Yo creo que con todo pasa eso. Una vez que lo contamos, chau. Parece que se inserta en la realidad común, la de todos los días; se enoja y desaparece. No, quédese tranquilo que cuando vuelva a ocurrir no se lo voy a contar, no. Siga usted amasando.